Luego de 28 años, los Juegos Olímpicos volvieron a Estados Unidos. Los norteamericanos tuvieron la posibilidad de reivindicarse tras lo que fue su primera edición, manchada fuertemente por el racismo y la discriminación. Sin embargo, el momento que vivían en 1932 no era para nada bueno: el crack del 29 había abofeteado a la economía local y mundial.

Lo mencionado anteriormente, como era de esperarse, fue el causante de muchas bajas. Los deportistas no estaban en condiciones de hacer tantos kilómetros –la distancia impidió la presencia de varios países- y mucho menos de poder pagarse el alimento diario. Esto obligó tanto al Comité Internacional como al nacional a ayudar a sus respectivos atletas con el transporte y la estadía.
Alberto Zorrilla, abanderado argentino, abandonó Los Ángeles y se negó a competir. El motivo de su enojo se debía a que Agustín P. Justo, presidente del país en este momento, no se encargó en ningún momento de darles una mano con los gastos.
La Villa Olímpica debutó oficialmente como tal –en Ámsterdam se había improvisado algo similar-, pero al igual que cuatro años atrás las mujeres no pudieron estar en esta. De todas formas, pudieron alojarse en un hotel de lujo.
Yendo a lo estrictamente deportivo, comenzaremos por lo más lindo y recordado para Argentina. El 7 de agosto se llevó a cabo la prueba más icónica en ese momento del olimpismo: la maratón. En esta estaba el santafesino Juan Carlos Zabala, que un año atrás había dado que hablar al romper el récord mundial en los 30 kilómetros. Era un corredor a tener en cuenta, sí, pero lejos estaba de ser uno de los favoritos. Delante de él en las apuestas estaban, por ejemplo, los británicos Sam Ferris y Duncan Wright.
Para sorpresa de muchos, el argentino mantuvo un impresionante ritmo hasta el final y a falta de 3 kilómetros se ubicó en la primera posición. Ya en los últimos metros, con Ferris como amenaza constante, Zabala solo tuvo que aguantar y con lo poco que le quedaba cruzar la línea de meta. Su histórica victoria le otorgó al país una medalla dorada y lo colocó como el deportista más joven en hacerse de esta prueba.

Si hablamos de la maratón, no podemos dejar de mencionar lo que ocurrió con el legendario Paavo Nurmi. El finlandés, poseedor de 9 oros y 3 platas, se entrenaba en la Villa Olímpica y poco a poco se iba recuperando de una lesión. Su confianza estaba por el cielo: “Puedo ganar la maratón en cinco minutos”, dijo en su momento. Pero sus planes y deseos se desvanecieron cuando se lo acusó de haber recibido dinero en una carrera celebrada en Alemania un año atrás, dejando así de ser un deportista amateur.
Si bien la denuncia en su contra jamás se oficializó, la IAAF determinó que Nurmi no estaría en el Juego Olímpico en el cual tenía pensado ponerle el punto final a su exitosa carrera. El “Finlandés Volador” eludió todas esas declaraciones que lo ensuciaban y rechazó la posibilidad de convertirse en profesional, siguiendo así con una trayectoria como amateur. Finalmente, en 1934, dijo adiós para siempre.
En esta edición el fútbol no tuvo lugar. La poca cantidad de países presentes y, por ende, falta de equipos no permitieron que se pueda crear el torneo.
Babe Didrikson pasó a la historia por ser una atleta muy completa: la estadounidense practicaba cualquier tipo de deporte y lo hacía de manera sobresaliente en todos. Naturalmente, un Juego Olímpico para ella era el paraíso, era como una juguetería para un niño. Tan así que en Los Ángeles se anotó en 5 modalidades, aunque solo pudo participar en tres por cuestiones reglamentarias. Lanzamiento de jabalina, 80 metros valla y salto en altura fueron sus actividades, y en todas se llevó una presea: en la primera el oro (con récord olímpico), en la segunda el oro (con récord mundial) y en la tercera la de plata (aunque hizo la misma marca que la ganadora). Le impidieron, injustamente, llevarse un triplete. Aun así logró dejar huella los Juegos de su país.

Algunos jóvenes, como venía pasando edición tras edición, acapararon las miradas de los espectadores y periodistas al demostrar un gran talento y, sobre todo, una gran personalidad a su corta edad. El fiel reflejo de esto fue Kusuo Kitamura, que con 14 años voló en los 1500m libres de natación y se subió a lo más alto del podio.
El sueco Carl Westergren pasó del peso mediano (en Amberes) al pesado sin cambiar su suerte: fue campeón en la prueba de lucha grecorromana. Otro que se destacó en esta modalidad fue el policía Ivar Johansson, que además sumó otra dorada en la lucha libre.
Pero más allá de todos los resultados, lo más valioso de esta Olimpiada fueron las innovaciones: el hecho de agregar un cronómetro automático e implementar el photo finish no le dieron lugar a las quejas de los atletas, sobre todo en las pruebas de velocidad.
Otro de los cambios lo “sufrió” el podio, que por primera vez diferenciaba al ganador del resto, nivelando la tarima. También se izó la bandera del país correspondiente al vencedor, pasando a ser algo más nacional que individual.
El medallero final fue dominado por… (ruido de redoblantes)… Estados Unidos. Y sí, ya ni sorprende, pero bueno. Argentina, gracias a Zabala, los tres boxeadores (Santiago Lovell – Carmelo Robledo – Amado Azar) y los 6 puestos premiados se ubicó en el puesto nº 12 de 37.
- Estados Unidos: 103 (41 oro- 32 plata- 30 bronce)
- Italia: 36 (12 oro – 12 plata – 12 bronce)
- Francia: 19 (10 oro – 5 plata – 4 bronce)
Los deportes presentes fueron:
- Atletismo, boxeo, ciclismo, equitación, esgrima, gimnasia, halterofilia, hockey, lucha, natación, pentatlón moderno, remo, saltos de natación, tiro, vela y waterpolo.
Entre los 37 países, apareció Colombia, que hizo su debut en esta competencia.
Y así se va otro Juego Olímpico. Más allá de la poca participación y las dificultades económicas, se consiguieron 18 récords mundiales y se contó con una gran cantidad de público. Además, las innovaciones fueron un antes y un después en este evento.
Próximo JJ.OO: Berlín 1936.
