“Este mes no me dedicaré a pensar chistes para los niños y niñas de los cumpleaños, mejor me pondré en forma para la prueba estelar de los Juegos Olímpicos”, planea Thomas Hicks, payaso nacido en Inglaterra pero de nacionalidad estadounidense. Tal vez, quien dice, tenga suerte y se vuelva a casa con una medallita de oro…
Frederick Lorz es un joven corredor a larga distancia que, al igual que su compatriota, tiene el deseo de subirse a lo más alto del podio y escuchar como todo un estadio canta The Star-Spangled Banner mientras se flamea la bandera de su país. Tanto él como sus acompañantes prometen conseguirlo a como dé lugar.
Mientras tanto, en Cuba, un cartero apasionado de la caminata diaria va acumulando billetes y monedas –algunos ganados, otros mangueados– en un frasco que tiene un papel pegado que dice “San Luis 1904”. Sí, el cubano Félix Carvajal de Soto, apodado Andarín por sus recorridos eternos por la ciudad de La Habana, tiene planes grandes: quiere correr esos 40 kilómetros icónicos y volverse con algo más que un recuerdo de Misuri.
Los sudafricanos Lentauw y Yamasani, ambos integrantes de la tribu Kaffir, están en tierra americana por un motivo extradeportivo: serán parte de la muestra de la Guerra de los Boers, aquel conflicto bélico desarrollado en Sudáfrica entre el Imperio británico y los colonos neerlandeses. Días atrás, los dos habían estado presentes en la horrorosa apertura, llevada a cabo bajo el nombre de Anthropological Day. Inesperadamente, han sido invitados a participar de la maratón pactada para el 30 de agosto. Los organizadores confían, sobre todo, en Lentauw. Vaya uno a saber por qué.

La temperatura ronda los 33 grados y el sudor en los participantes asoma ya antes de la largada. Los 32 atletas, o mejor dicho participantes, porque entre ellos se encuentra un payaso, un cartero y dos simples jóvenes sudafricanos que están de pasada por Misuri; ya están preparados. Ni bien se escuche el disparo, arrancaran con una verdadera odisea de casi 25 millas de distancia.

Los primeros metros solo generan preocupación en los corredores. Y es que el trote en conjunto desató una auténtica ola de polvillo. Las calles, totalmente deterioradas, no están ni de cerca en condiciones de ser recorridas por más de 30 personas a la vez. No solo complica la respiración de los concursantes sino que también aumenta la necesidad de hidratarse, algo que recién se podrá hacer en el kilómetro 20.
No va ni a un cuarto de la maratón y ya hay 2 abandonos. Ambos por cansancio. Los rayos del sol y las pésimas condiciones de la ruta fueron más que todo un año de preparación física. El deporte es así de jodido.

Los muchachos sudafricanos vienen muy bien. A medida que transcurren los minutos, ambos se mantienen firmes, sin insinuar estar agotados ni mucho menos. Intentarán sorprender a propios y extraños. Y ojo con Hicks, eh, que no se queda atrás y sigue firme en la delantera. A Lorz no se lo ve hace rato. Pero seguro viene a paso lento, guardando energías para el tramo final.
“¿Y el cubano Carvajal?”. Bueno, Andarín no está muy bien que digamos. Hace unos días, cuando estaba en pleno viaje, perdió todas sus pertenencias y su dinero, que tanto le había costado conseguir. No se sabe quién, pero alguien se lo robó. Está complicado. De hecho, se presentó con la ropa que se puso en su casa antes de partir hacia Misuri. Tuvo que recortar su pantalón de vestir y bancarsela con los zapatos, que claramente no son los ideales para correr tantos metros. Además, está muerto de hambre. No come algo desde anda a saber cuándo…

En el kilómetro 20, el estadounidense William García fue socorrido por los médicos. Lo encontraron desplomado en el suelo, sin poder moverse. Según comentó un integrante del personal médico, inhaló una cantidad de polvo devastadora. Necesita ser hospitalizado urgentemente para volver a respirar con normalidad. Está OUT.
Las horas van pasando. El desgaste es el esperado. El polvillo no cesa. Ya se cargó al querido García y parece que quiere hacerlo con otro más. Algunos ya abandonaron a causa del cansancio. Las condiciones climáticas, como a la hora de la largada, siguen siendo pésimas para correr. Posiblemente ya superen los 33 grados. Estar de espectador ya es todo un sacrificio.

Lentauw, que decíamos está muy bien físicamente, tiene acompañantes. Los costados de la ruta no solo están ocupadas por personas que aplauden cada vez que ven pasar a los concursantes, sino que también por unos perritos. Por suerte, ninguno se percató de su presencia aún. Su trotecito no ha sido interrumpido hasta ahora.
El cubano no da más de hambre. La panza le hace ruido pidiéndole un poco de comida. Ya se desvió más de una vez para charlar con la gente del público y manguear un poco de alimento, pero no hay caso. Y de Lorz se tienen noticias aún. Capaz ya abandonó.
Hicks marca el camino: sigue como líder. Lo suyo es resistencia cruda y dura. No parece tener fuerza ni en las piernas ni en los brazos. Está exhausto, pero puntero. Va con la lengua afuera y la cabeza meneándose para todos lados.

“¡Corre, corre!”, dice desesperado un americano que alienta a Lentauw. Pero no lo alienta a correr hacia la meta, lo alienta a retroceder velozmente. Y es que esos perritos que se paseaban por los linderos de la ruta lo quieren devorar. Y no solo es uno, son dos. Unos centímetros separan a la boca de los perros y la pierna del sudafricano, que parece Usain Bolt mirando hacia atrás para ver qué tanta ventaja sacó. Si se tropieza, se lo comen vivo.
Pero por suerte, el integrante de la tribu Kaffir se logró salvar. Demostró ser un velocista de talla. Pero, créeme, esos casi dos kilómetros fueron de desesperación total. “Tantas personas y justo a mí me vienen a ladrar”, se lamenta.
Creo que de más está decir que sus aspiraciones de arañar una medalla ya son parte del pasado. Ahora, su objetivo es terminar la carrera sin ser atacado por uno o más perros.
Lo de Lorz ya es todo un misterio. Lentauw retrocedió casi dos kilómetros y no lo cruzó. Muy probablemente haya abandonado. Y tan entusiasmado que estaba…
Hicks, que decíamos que estaba pasándola heavy, de detuvo por un momento y le propuso a su equipo abandonar. Allí tuvo una charla de unos minutos con estos que, prácticamente, lo obligaron a continuar, sin importarles las condiciones físicas de su corredor. Además, le dieron una cosa rara de beber. Un líquido asqueroso, horrible. Sus ingredientes lo dicen todo: huevo, brandy y estricnina. Pero bueno, por lo menos consiguieron que continúe en carrera. Al borde del envenenamiento, eso sí.
Andarín, por su parte, se ganó la lotería: encontró un árbol con manzanas. Se morfó como cinco en tres minutos y siguió. La semilla del ermitaño versión manzana fue esto para el cartero de profesión, que recuperó el ritmo y también sus ganas de ganar.
Pero al cubano le pasan todas: en su país, en el viaje y en la carrera. Resultó ser que la fruta que tanto disfrutó le reventó el estómago. Hizo unos metros más a gran velocidad y volvió a desviarse. Como si estuviese recorriendo la ciudad de La Habana, tranquilo, sin ningún apuro, se recostó debajo de unos árboles y se durmió unos minutos. Luego se volvió a reincorporar.
A falta de 5 kilómetros para que finalice la prueba, adivinen qué… Apareció Lorz. No retomó cansado. De hecho, no llegó trotando, ¡Llegó en auto! Superó a todos los rivales y se colocó en la cima. Llegará al estadio y cruzará la meta con una facilidad impropia de dicha prueba. Y bueno, él había avisado que intentaría ganar a como dé lugar…

Ya a metros de ingresar a la pista, a Hicks lo atacan los mareos. Se cayó una vez y se levantó con la ayuda de su equipo. Sus compañeros, esos mismos que le dieron de beber ese líquido espantoso, lo llevan en sus hombros hasta el final. Lo obligaron a no rendirse y lo obligarán a completar la carrera.
La gente se levanta de sus asientos y aplaude con entusiasmo a quien en segundos se proclamará campeón olímpico: Frederick Lorz. Pareciera que recién arranca la maratón para él. Está diez puntos físicamente. No pueden decir lo mismo los otros 13 que ingresan luego.

La prueba más icónica del momento ya tiene vencedor. El joven estadounidense, que sabe haber estafado a todos, se lleva los elogios, aplausos y reconocimientos de sus compatriotas. La hija de Theodore Roosevelt, presidente de Estados Unidos, se le acerca y le pide una foto.
Hicks supera la línea de meta acompañado por su equipo. Finaliza segundo y queda al borde de la muerte. Los médicos le salvan la vida y descubren que ha sufrido un envenenamiento.

El gran Andarín, por su parte, llega en cuarta posición. Nada mal teniendo en cuenta que se durmió una siestita antes de aparecer en el estadio…
Los perros le arruinaron la carrera al querido Lentauw, que finaliza noveno, masticando bronca. Su compañero Yamasani no logró siquiera completar la prueba. De todas maneras, ambos pasan a la historia como los primeros africanos en participar de un Juego Olímpico.
Pero esta surrealista y atípica maratón se no acaba acá: ya a unos cuantos días de su finalización, un fanático le comunica a los organizadores del evento que Lorz ha hecho trampa. Cuenta haberlo visto subirse a un auto y luego bajar para posteriormente ser el vencedor.
Al día siguiente de esta noticia, se cita al por entonces campeón olímpico a una reunión, en la cual termina confesando la verdad.
- Frederick Lorz: “En ningún momento quise ganar. Todo esto fue en tono de broma con amigos. La carrera, la entrada al estadio, la coronación… No me interesa el premio”.
La organización lo penalizó y le sacó la medalla dorada. También le impidieron competir en competencias amateur por unos meses, hasta que se disculpó y le levantaron esta pena.
Esta locura de 40 kilómetros nos deja dos conclusiones: la mentira tiene patas cortas y Thomas Hicks es un payaso de oro.
